domingo, 4 de junio de 2017

CRÍTICA DE: "Las Manchas del leopardo"





Título: Las manchas del leopardo
Autor: Brian Goodwin
Editorial: Tusquets
Páginas: 307

Quien mucho abarca, poco aprieta, dice el refranero y, al terminar este libro, uno tiene la sensación de que Goodwin quiso abarcar mucha realidad, mucho leopardo, intentando exponer ejemplos de su hipótesis, aplicándola a múltiples ramas de saber. Esto genera en el lector una especie de síndrome de Korsakov: es difícil recordar lo que no tiene un hilo conductor y este libro no consigue marcarlo. Dicho esto, el libro no deja de ser una obra muy estimulante. La tesis central es situar el sistema como nivel superior de análisis y no caer en un reduccionismo que, para determinados problemas, no consigue aportar soluciones. Muchas veces las interacciones entre las partes componentes de un sistema producen outputs que no puede deducirse de sus propiedades: las interacciones no específicas de una terapia con anticuerpos no son predecibles (al menos, sabemos que es posible que ocurran). Si los individuos se relacionan (individuos o componentes del sistema) entre si mediante un comportamiento específico a estudio, estudiando el comportamiento, podremos deducir (que no conocer a ciencia cierta) su posible origen evolutvio, pero no sabremos nada de cómo es posible que exista. Podremos decir que tiene “ventajas evolutivas” y especular sobre las mismas. Pero Goodwin propone otro modo. Por ejemplo, una especie de hormiga del género Lepthotorax tiene periodos de pausa y actividad controlados por la intensidad lumínica: cuanto mayor es la intensidad, mayor es el tiempo de actividad y menor el de pausa, en ciclos que oscilan entre los 20-30 minutos. Cuando se observa una colonia completa, y se traza un mapa de actividad de la misma, cuando hay menos de 100 individuos y más de 200, el movimiento de la colonia es caótico: no hay una acumulación efectiva de recursos, no hay una búsqueda organizada de alimentos, etc., pero con este mismo patrón, y solo debido al número de individuos y a la temperatura justa, el patrón se sitúa en lo que los científicos de la complejidad denominan límite del caos, un estado del sistema en el que, por sus propias características, produce orden: la colonia hace búsqueda de alimentos organizada y es eficiente. En otras palabras, un rango de individuos con un patrón de comportamiento individual, producen patrones de comportamiento colectivo imposibles de predecir solo estudiando el comportamiento individual.

El ejemplo que más páginas ocupa en el libro son los estudios que ha realizados el propio Goodwin sobre la morfogénesis en el alga unicelular Acetabularia acetabulum, y sirve también como muestra del principio general del libro: ciertas propiedades de los sistemas se deben a la interacción de sus partes y no son reducibles a sus partes. El desarrollo de Acetabularia es dirigido por la turgencia que le proporciona al alga poseer una gran vacuola central y variaciones en esa turgencia, dirigidas por las concentraciones de calcio a lo largo del desarrollo, parecen explicar (preliminarmente) las diferentes morfologías: o hay un solo gen implicado directamente en la adquisición de la forma externa definitiva.
La evolución de las formas genéricas (patrón de verticilos en plantas con flor o las extremidades de los vertebrados) sería la aplicación fundamental de este principio. Aquí los genes intervienen como productores de gradientes de expresión génica, pero que no son suficientes por si solos para explicar el total de la estructura. Por ejemplo, la formación de los patrones de verticilos ha sido estudiada en Arabidopsis thaliana y se ha propuesto un modelo básico de 4 genes que intervendrían en su formación, pero para obtener la paleta completa de formas naturales no tiene ningún sentido el estudio aislado de esos 4 genes, si no que hay que unirle el estudio de la velocidad de crecimiento. De hecho, en cada individuo vegetal de la misma especie, si las condiciones ambientales reducen la disponibilidad de recursos, puede cambiar su patrón de verticilos únicamente debido a una velocidad de crecimiento distinta.
Por la excesiva preocupación por un aspecto restringido de la realidad siempre tiene un precio. La biología moderna, dominada por explicaciones históricas en términos de aventuras evolutivas de genes asociadas a un reduccionismo molecular de productos génicos, ha venido a ocupar una posición extrema en el espectro de las ciencias. La física, por otra parte, ha desarrollado explicaciones de diferentes niveles de realidad, microscópico y microscópico, en términos de teorías apropiadas para esos niveles (…). La ausencia de una teoría de los organismos como entidades singulares por derecho propio, con una dinámica y una organización características, se ha traducido en su desaparición de la estructura conceptual básica de la biología moderna. Los organismos han sucumbido a la embestida de un aplastante reduccionismo molecular.”
Así crítica Goodwin el estado actual de las ciencias biológicas y, teniendo razón, hay que ofrecer explicaciones y predicciones tan contundentes y acertadas que puedan contrarrestar en el ámbito de la legitimidad científica a un reduccionismo en el que se han educado muchas generaciones de biólogos.

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