miércoles, 15 de junio de 2016

EL CAPITALISMO Y EL SURGIMIENTO DE UN NUEVO PENSAMIENTO MÁGICO

Desde los inicios de la filosofía, el ser humano se ha asignado a sí mismo el poder de la elección: “soy un ser pensante capaz de elegir por mi mismo mis actos”. Algunas de las religiones mayoritarias recogen este principio como parte central de su credo y la práctica totalidad de sistemas filosóficos nacidos bajo la cultura occidental lo tienen como base. De hecho, la moderna economía y sociología se basan en él: el ser humano puede elegir y, además, elige racionalmente. Es lo que se conoce como “teoría de elección racional” (1) y, como hemos dicho, supone que las personas (o agentes, de una forma más general) tienden a maximizar su beneficio y a reducir los costos a la hora de realizar una elección. La discusión sobre si el ser humano elige racionalmente o no es una discusión que lleva instalada en el panorama intelectual más de 50 años y que, probablemente, durará otros tantos. Parece claro que nuestras decisiones están, en mayor o menor medida, influenciadas por algo más que un mero cálculo racional de las opciones (2), pero tampoco podemos caer en un determinismo social, biológico o de otra índole, que niegue toda posibilidad de elección; que nos dejemos llevar completamente por instintos ya, de ante mano, determinados (3). Dejando este interesante tema para otro momento, vamos a centrar la discusión sobre la siguiente cuestión que nos preocupa en los tiempos de privatización de la sanidad que corren: ¿Puede una persona elegir su propio tratamiento? ¿Qué relación tiene esta libertad con el surgimiento de la mal llamada medicina alternativa y las pseudociencias que la componen?

En primer lugar tendríamos que definir algunos conceptos desde los cuales se puede empezar la discusión. Desde nuestro punto de vista, una persona enferma tiene, como interés objetivo, curarse (el interés objetivo sería aquel interés que la teoría de la elección racional definiría como más probable). En la mayoría de los casos este interés objetivo coincidirá con el interés subjetivo de la persona (el interés subjetivo lo definimos como los intereses sentidos por el agente). El problema que surge en sociedades que acumulan conocimiento es que no todo el mundo puede saber de todo. Por ello, la división del trabajo característica de las sociedades que acumulan conocimiento, ha facilitado el surgimiento de especialistas en acumular conocimiento: el zapatero, el fontanero, el ganadero, etc. Hasta que llegamos al especialista en nuestro cuerpo: el médico. Por tanto, en nuestras sociedades, solemos acudir al médico para consultar sobre qué pasos seguir cuando la enfermedad nos sobreviene. Nosotros mismos no nos consideramos capacitados para tomar una decisión sobre un tratamiento. Es habitual, además, escuchar en nuestro mundo actual a mucha gente sobre la “elección de médico”. Todo el mundo podría estar de acuerdo con esto: “si no estás conforme con el diagnóstico, tienes derecho a cambiar de médico”, pero, recuerdemos: se va al médico porque, precisamente, no sabes qué pasa. Entonces ¿Por qué ciertos sectores del liberalismo más egoísta y antisocial promueven la elección de médico y tratamiento como algo propio de una sociedad democrática? (4).

Por su parte, una empresa que se dedica a la producción de medicamentos tiene unos intereses muy contrapuestos a los de los pacientes. En un mundo capitalista, las empresas tienen como interés objetivo conseguir beneficios y, la mayor parte de las veces (a no ser que seas un tipo de empresa diferente a la Sociedad anónima), el interés subjetivo de la empresa (de los accionistas de la misma) coincide con el interés objetivo. Ahora bien ¿Es compatible el interés objetivo de las personas enfermas con el interés objetivo de las empresas dedicadas a la fabricación de curas? En algunas ocasiones puede darse el siguiente caso: el precio del médicamente, junto con la demanda, pueden hacerlo rentable desde el punto de vista de la fabricación. Pero, lamentablemente, siempre habrá un punto de desequilibrio en el sistema: la empresa quiere incrementar sus beneficios siempre y constantemente. Es por ello que, encontrar un producto que maximice estas ganancias, es la panacea de toda empresa. ¿Es posible que, en la búsqueda del máximo beneficio posible, las empresas dedicadas a la fabricación de médicamente, hallan dejado de lado su objetivo de fabricación (un producto que cura o palia una enfermedad) y busquen, simplemente, maximizar sus beneficios?

Desde nuestro punto de vista esto ocurre bajo el cambio de paradigma que se produce en la economía mundial bajo el paraguas del “Consenso de Washington” y que rompe con el débil pacto social que se había alcanzado en occidente tras la Segunda Guerra Mundial (5). Junto consenso, venían desarrollándose desde 1968 (fecha simbólica) nuevos movimientos sociales y nuevas filosofías que, en conjunto, han venido a denominarse postmodernismo. La característica general de estos movimientos es una preocupación más visceral por el medio ambiente y las desigualdades en términos generales, poniendo por encima, en muchas ocasiones, la supervivencia del medio natural sobre la creación de empleo. La mejora en las condiciones de vida en Europa estaría detrás de este cambio conceptual (6). Los expertos en publicidad también sufrieron cambios en su forma de actuar (el informe contra Nike en los noventa por sus fábricas en Asia con pésimas condiciones laborales y explotación laboral infantil) y cambiaron la racionalidad con la que se anunciaba un producto, por el uso masivo de los sentimientos y las historias, paradigma conocido como “storytelling” (7).

Todo esto confluyó para dar origen a los que, en conjunto, conocemos como medicina alternativa: una herramienta, al servicio de las empresas fabricantes de medicamentos, para incrementar los márgenes de beneficio sobre productos supuestamente beneficiosos. El “storytelling” basado en personas que habían sanado con estos métodos y el ambiente cultural favorecieron su extensión haciendo que estemos ante una nueva forma de pensamiento mágico. Al final una supuesta libertad de elección, en un determinado contexto cultural, ha producido una generación entera de personas que creen en la medicina alternativa, pese a todas las pruebas en contra de los supuestos beneficios de la misma (sobre todo en lo referente a la homeopatía). El neoliberalismo es directamente el responsable. 
REFERENCIAS
  1. Tarrow, S., & de Bustillo, F. M. (2004). El poder en movimiento: los movimientos sociales, la acción colectiva y la política. Alianza editorial.
  2. de Kohan, N. C. (2015). Los sesgos cognitivos en la toma de decisiones. International Journal of Psychological Research, 1(1), 68-73.
  3. Lewontin, R. C., Rose, S., & Kamin, L. J. (2003). No está en los genes: racismo, genética e ideología.
  4. http://www.revistapersona.com.ar/Persona25/25Alonso.htm
  5. Monedero, J. C. (2012). [Estudio introductorio] El programa de máximos del neoliberalismo: el Informe a la Trilateral de 1975. Sociología Histórica, 1(1).
  6. Foster, H. (2002). Introducción al postmodernismo. In La posmodernidad (pp. 7-18). Kairós.
  7. Salmon, C. (2008). Storytelling: la máquina de fabricar historias y formatear las mentes. Península.

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