martes, 19 de abril de 2016

CRÍTICA DE: "La Conquista social de la Tierra"

UN FANTASMA REDUCCIONISTA RECORRE EUROPA



Título: La Conquista social de la Tierra

Autores: Edward O. Wilson

Editorial: Debolsillo (1ª edición, 2013

382 páginas




Un fantasma recorre el mundo y busca fraccionar cada pedacito de el para explicarlo y, después, con un simple “¡buhhh!”, recomponer todas las piezas y, así, explicarlo todo. Si le preguntas sobre la esquizofrenia, te responderá sobre determinados genes asociados el tamaño de los cuerpos geniculados del cerebro, si le preguntas sobre la pobreza en el mundo, te responderá con la palabra looser, y si le preguntas por la cooperatividad manifiesta de muchas de las especies que habitan la Tierra te responderá: “bobadas, todos somos máquinas de genes egoístas”. Ha tenido, precisamente, que venir uno de los fundadores del paradigma de la sociobiología a desmentir este último postulado; a reconocer que la selección por parentesco no es capaz de explicar más que algunos resultados empíricos, en cuanto a semejanza genética, de algunas especies de himenópteros, pero que es incapaz de operar cuando hay promiscuidad en las hembras de las colonias de abejas y hormigas, que es incapaz de explicar cómo se produjo la eusocialidad en la termitas ya que estas no son hapodiploides (a diferencia de los himenópteros) y que, ni mucho menos, son capaces de explicar la eusciabilidad detectada en algunas especies de isópodos o de mamíferos.

Wilson, en este “novedoso” libro (recoge algunas de las propuestas que ya venían cociéndose más de una década, pero que eran sistemáticamente ignoradas por los partidarios del paradigma sociobiológico reduccionista), nos contará una historia, la compleja historia de la evolución social humana. La principal tesis del libro es que existen, al menos, dos niveles sobre los cuales puede actuar la selección natural: el individuo y el grupo. A nivel individual se favorecerían conductas egoístas mientras que, a nivel de grupo, se favorecerían comportamientos que incrementaran la estabilidad, reproducibilidad y eficiencia del grupo, como la cooperación, la empatía, etc. En los himenópteros la evolución a nivel de grupo habría sido la dominante y se habría aplastado al individuo bajo el yugo de la selección a nivel de reina de la colonia, mientras que en las especies no sociales sería al revés, la selección de grupo no existiría.

El resto del libro no es más que una repetición del archiconodido “Sociobiología” de 1975. Para Wilson, la coevolución entre genes y cultura es un hecho. Por ejemplo, tenemos un sistema visual que, primariamente (en los bastones) codifica para la recepción de 3 coloroes (rojo,verde y azul) y que, secundariamente, ya en los corículos visuales y en la corteza visual, se traducen en 4 colores (rojo, verde, azul y amarillo). Esto explicaría porque todas las culturas del planeta agrupan los colores en 4 grandes grupos y que esto sea universal responde, en última instancia a la genética. Como se puede observar, este tipo de razonamientos son circulares: “¿Por qué las culturas tienden universalmente a agrupar los colores en 4 grandes grupos? Porque existe una estructura cerebral definida genéticamente que así lo predisponer ¿Por qué existe una estructura cerebral que así lo predispone? Entonces es cuando se inicia el storytelling: buscar una conjetura más o menos razonable (pero sin apollo empírico alguno) que implique una función para esta distinción ¿Sería posible que la tendencia universal a clasificar los colores en 4 venga dada por una estructura cerebral no sometida a selección natural y que sea producto/subproducto evolutivo de otra que si lo está? Esa hipótesis ni se contempla.

Un libro a leer por dos razones: está escrito por uno de los biólogos con más bagaje de la actualidad (aunque pronto pasará a ser uno de los más importantes de la historia) y por que presenta la hipótesis alternativa de la selección multinivel desde “el otro bando”, es decir, desde el grupo de pensadores biológicos completamente contrarios a este enfoque.

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